Escribiendo en el piso

lunes, diciembre 04, 2006

El Altillo

Serían de color melón. No, no, mejor de color crema, persianas color crema. Color crema porque así combinarían mejor con los cómodos muebles de color caoba que compraría de oportunidad. Aunque claro, en realidad la oportunidad era para que se los vendan porque Cirila recién había cobrado su quincena. Ya veía linda su sala, arreglada con esos floreros de formas asimétricas que estaban tan a la moda. La mesa de centro iba a tener uno de esos, con unas flores amarillas. Naturales, claro. Y Cirila pensaba que tampoco era justo que faltara uno de esos libros que parecen interesantes y que le podrían dar un ambiente intelectual a la sala.

La ventana, faltaba la ventana. Grande, con una de esas rejas de acordeón. Y claro que de acordeón... ella no iba a permitir que le roben las cosas que tanto esfuerzo le habían costado. La ventana debía dar a un hermoso jardín, de esos que tienen el césped cortadito y bien verdecito, donde ella podría recostarse sin temor a las hormigas cuando le diera la gana. Para eso era su casa.

No podía ponerle muchas sillas al comedor porque ni le gustaba cocinar, ni le gustaba que las visitas se le quedaran a la hora de la comida. Por eso había escogido uno de esos modelitos redondos de cuatro sillas. ¡Qué bonito se vería el mantel que había tejido Loredana para ella!

En la cocina no había mucho que ver, bueno.. si. Estaba llena de cosas de motivos de gallinitas. Es que eran tan lindas con su corococó y las había visto tantas veces adornando las cocinas de las revistas de modas de cocina. Pero ese sería el espacio de la casa que, seguramente, menos utilizaría.

Su cuarto era cómodo, no muy grande pero si cómodo. Iba a poner de esos televisores tan finitos como las pastillas y de los que dicen que tienen buena salida de audio. Así, ella se encerraría en su cuarto con el acondicionador de aire prendido, un litro de helado, una cuchara y una frazada para ver una tarde de películas románticas. Si, si, eso quería. Y tenía un vestidor grande, grande, para poder ubicar todos los vestidos de moda que se compraría: el traje rojo que había visto, la camiseta de la tenista que salía en la tele, los zapatos como los de aquella presidenta, los sombreros que sabía que nunca usaría pero quería comprarlos igual.... ¡ay! tantas cosas lindas. Tantas.

Desde el altillo ella podía divisar las demás casas, que de seguro también la miraban, y la veían guapa en esa casa. Y daba envidia, además. Desde el altillo ella recordaría muchas cosas de sus viejas casas (porque aunque fueron alquiladas trazó muchas historias en ellas).

Y él. Él llegaba todas las tardes para tomarla de la cintura y le hacía el amor hasta el cansancio. Y dormían cogidos de la mano, y se tomaba todo el yogurt que ella le colocaba en el vaso. Leían juntos el periódico cada mañana, retozando en la cama. Y se sentaban en el césped cortadito y verdecito para jugar con el hermoso Labrador que tenían, Konan se llamaba, como su primer perro.

Don Jesús hizo un sonido estrepitoso cuando colocó las carpetas propuestas para revisión en su escritorio. Por eso lo odiaba, porque siempre la sacaba de sus pensamientos cuando estos más bonitos se ponían. Las carpetas significan horas extras de trabajo, pero Cirila aun no había calculado cuanto faltaba para completar la cuota de la entrada para la compra de su casa.

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