Escribiendo en el piso

miércoles, noviembre 29, 2006

Conjugaciones

El café para Don Lautaro, llamar a la fábrica para preguntar por la huelga, la valija importantísima que debía viajar a la capital, el árbol de navidad, las invitaciones para el evento, la computadora dañada, los detalles del anuncio en el periódico (Y Don Ricardo que no había decidido nada), la interminable fila de postulantes y el requerimiento urgente para el puesto. Y era viernes.

Milena había despertado esa mañana sin ganas de ir al trabajo, porque ya sabía lo que le esperaba. No fue más que abrir los ojos para desear cerrarlos de nuevo. Es que ya! Prefería que se le impongan las ojeras sin tanta alharaca. Y es que el 9.74 que había ganado en la universidad no le aseguraba un buen futuro, no la libraba del dolor continuo de cabeza, no evadía la tensión permanente en los músculos de sus hombros, no apagaba la hoguera que se formaba en la boca del estómago antes de llegar a media mañana.

Ni bien llegaba y el celular sonaba, Don Lautaro reclamaba su café, los empleados de la fábrica continuaban con la huelga, las entrevistas demoraban, en el periódico rechazaban el anuncio, sus compañeras la llenaban de preguntas.

Milena trataba inútilmente de abstraerse en sus pensamientos. Trataba de recordar la razón que la unía a este trabajo, trataba de entender la forma en la que esa oficina la encerraba. No entendía como había podido llegar al límite de todas sus funciones.

Pensaba, llamaba, pensaba y sus músculos se tensaban. Firma acá, decide allá, toma las órdenes, toma decisiones y su cabeza empezaba a dilatarse. Lee esto, firma aquello, reunión en media hora y en su memoria se apilaban los asuntos. Debía salir, pero necesitaba quedarse. Entrevistaba pero decidía que hacer con los empleados en huelga. Ella, todo ella, toda ella metida en ese trabajo, sintiendo su piel pegada a los huesos, sintiendo que hacía años no almorzaba bien. ¿Y Don Lautaro? Frescazo, hablando por teléfono con su homólogo. Tomando el café que -para variar- ella le preparaba. Ella, ella, ella, la multi-pluri-funcional.

Talvez todo era por sus hijos: Ramoncito y Elvirita, la niña… tan pequeñita. Talvez era el hecho de ser padre y madre, dos veces. O no, talvez la razón era haber salido de la casa de su madrastra, insultada y humillada por haber metido la pata tan temprano. Seguramente era eso. Porque el hecho de que su primer marido la dejó por la flaca de la esquina no contaba. De paso, la había dejado con deudas; y, ese café y tanto alboroto eran necesarios para pagarlas.

Firma, sube, baja, lleva, piensa, coopera, alienta, soluciona, aprende, enseña, comparte, disputa… su día se transformaba en una continuo conjugación de verbos, irreconocibles pero verbos al fin y al cabo.

Qué bonito era pensar en el océano.

domingo, noviembre 19, 2006

Una boda hermosa

Las paredes tenían marcas azules. Azules, por la tinta azul con la que eran marcados los dedos. Había mucho bullicio, la gente pedía por sus trámites… llevaban horas esperando por ellos. El gentío venía, iba, caminaba, gritaba, buscaba algún personaje que se dejara comprar para facilitar las cosas. Aquellos personajes esperaban afuera, cuales buitres esperando el momento fatal de sus presas. Gafas, cabellos engominados, todos eran iguales.

José llegó con su padre y con David, su mejor amigo, su cómplice, su confidente… a nadie más necesitaba. José vestido para la ocasión, no para el lugar; su padre y David llevaban guayaberas blancas, la una manga corta, la otra manga larga. Fue su padre quién se preocupó de llegar a la ventanilla adecuada, un sello aquí, un sello allá y a esperar…

Alejandra llegó, sonriente, vestido blanco con unos pequeños apliques azules en el filo de la falda y del corpiño, zapatos de taco bajo para no causar daño al pequeño ser al que había ahogado tantas veces por las noches con lágrimas innecesarias, una discreta orquídea rodeaba su mano como una manilla, su cabello recogido en un moño adornado con unas estrellas azules. Nada fuera de lo ordinario. Vestida para la ocasión, no para el lugar. Sonreía, claro, José estaba de frente. Sonreía, claro, aunque deseaba que la tía Fernandina no estuviera con ella, pues este momento era íntimo, muy de ella, y ella sabía que antes de terminar con el trámite ya toda la familia lo sabría… gracias a Fernandina “la metida”.

Leyla estaba con ella, también. Y mientras la ministra pronuncia algunas palabras su mente (la de Leyla) se traslada a los años del colegio. ¿Cuántas veces no planificaron este momento? La madre de Alejandra no hacía más que llorar con todas las fuerzas que podía, aun soñaba con ese título de Doctorado para su pequeña briboncita… y el padre… el padre perdía algo en ese momento. Absorto, no entendía que en realidad lo había perdido siete meses antes, cuando el amor, la razón y la lujuria encontraron espacio en una misma cama.

José la veía… no escuchaba ni a la ministra ni a los gritos que el gentío disparaba afuera de la pequeña oficina calurosa. Un escritorio que hacía décadas había sido nuevo, papeles, fotos, dinero, paredes marcadas y un entrar y salir de oficinistas acompañaban a las circunstancias.

José la veía… hermosa, hermosa, hermosa. Alejandra lo veía, y sonreía. No les importaba el mero trámite. Ellos estaban allí, juntos, sellando lo que antes las estrellas habían atestiguado. Se habían jurado amor siete meses antes cuando ella dijo que iría al cine, cuando él se escapó de clases. Estaban ahí y no les importaba nadie… no importaba si la madre estaba resentida, no importa la tía Fernandina y su constante risilla en el celular.

No importaba la demacrada oficina en la que estaban legalizando su juramento… No importaba nada.

Ella estaba hermosa. Él estaba inquieto.

jueves, noviembre 16, 2006

Impotencia (2)

Hoy talvez nuestros gestos se encuentran y las palabras se cruzan...
puedo ver otra vez tu alegre sonrisa... ¿Es para mi?...
y es cuando la duda ataca mi ser...
¿Podrá ser como antes?¿Contaré con tu confianza otra vez?...

Si tan solo imaginaras cuanto necesito tus bromas,
tus enojos, tus consejos y sobre todo tu apoyo, tu mano.

No puedes escucharme pero quisiera decirte que ahora sé
que tuve parte de esta culpa,
yo no quise lastimarte ¡No te quiero mal!
¿Qué puedo cambiar para recuperar tu amistad?!
Me duele sentir que ya no me necesitas.

Me siento en la cuerda floja; pues no sé como actuar.
Quiero ser yo misma pero al serlo siento que pierdo más...
Soy difícil lo sé... Podrías entenderme amigo?
Y digo amigo aunque la distancia cercana nos separa.