Cocina
Malena no tenía idea de como había llegado hasta ese momento. Ni que haría para solucionarlo.
En su vida había sido necesario tan solo abrir la boca y pedir, su madre se había encargado de darle todo listo en sus manos. Y era talvez el instinto protector al saber que era la única niña entre los siete varones; por eso, Doña Sara no le permitía hacer algo que manchara sus inmaculadas manos, jugar a las escondidas con sus hermanos era imposible pues siempre estuvo latente la posibilidad de caer y crear cicatrices que seguramente serían imborrables en sus piernas. Tampoco la dejaba jugar con las niñitas del barrio.
- "Es un grupo de niñas traviesas y revoltosas que tendrán un mal futuro de tanto andar en las calles. Sus padres no las protejen, en cambio tú eres mi vida" Era el argumento de todos los días.
Y de todos los días, claro, porque Malena jamás perdió la esperanza de poder tener contacto con las niñas de su edad. Ella las veía desde su ventana mientras abrazaba firmemente a sus muñecas. Sus muñecas eran el único contacto que ella tenía con la civilización. Todas tenían un nombre y una historia diferente.
Cuando Sebastían, tibios ojos azules, apareció en su vida, ella sabía que sería de él. Tal como lo había vaticinado su madre tres años antes. Y es que no cualquiera se podría casar con el niño rico de los Estevez, noo. Malena era la indicada, su madre lo repetía una y otra vez mientras peinaba la larga cabellera dorada de Malena. Y así fue.
Su madre la había preparado teóricamente para ser buena esposa. Pero ahora estaba ahí parada, con cuchillo en mano, sin saber que hacer y llorando a mares. Sebastián, tibios ojos azules, se había enamorado de ella, pero quería una esposa completa, no solo de esas que hablan bonito -como lo hacía Malena-. Sus discusiones tornaban alrededor de ese tema, siempre. Ella no podía, no quería, no sabía.
Sebastián, tibios ojos azules, había cerrado la puerta tras de él y se había marchado, para regresar con una sola condición: la crema de zapallo debía estar terminada para su regreso.
En su vida había sido necesario tan solo abrir la boca y pedir, su madre se había encargado de darle todo listo en sus manos. Y era talvez el instinto protector al saber que era la única niña entre los siete varones; por eso, Doña Sara no le permitía hacer algo que manchara sus inmaculadas manos, jugar a las escondidas con sus hermanos era imposible pues siempre estuvo latente la posibilidad de caer y crear cicatrices que seguramente serían imborrables en sus piernas. Tampoco la dejaba jugar con las niñitas del barrio.
- "Es un grupo de niñas traviesas y revoltosas que tendrán un mal futuro de tanto andar en las calles. Sus padres no las protejen, en cambio tú eres mi vida" Era el argumento de todos los días.
Y de todos los días, claro, porque Malena jamás perdió la esperanza de poder tener contacto con las niñas de su edad. Ella las veía desde su ventana mientras abrazaba firmemente a sus muñecas. Sus muñecas eran el único contacto que ella tenía con la civilización. Todas tenían un nombre y una historia diferente.
Cuando Sebastían, tibios ojos azules, apareció en su vida, ella sabía que sería de él. Tal como lo había vaticinado su madre tres años antes. Y es que no cualquiera se podría casar con el niño rico de los Estevez, noo. Malena era la indicada, su madre lo repetía una y otra vez mientras peinaba la larga cabellera dorada de Malena. Y así fue.
Su madre la había preparado teóricamente para ser buena esposa. Pero ahora estaba ahí parada, con cuchillo en mano, sin saber que hacer y llorando a mares. Sebastián, tibios ojos azules, se había enamorado de ella, pero quería una esposa completa, no solo de esas que hablan bonito -como lo hacía Malena-. Sus discusiones tornaban alrededor de ese tema, siempre. Ella no podía, no quería, no sabía.
Sebastián, tibios ojos azules, había cerrado la puerta tras de él y se había marchado, para regresar con una sola condición: la crema de zapallo debía estar terminada para su regreso.

